Alphonse Daudet y su relato sobre las estrellas

DaudetEscritor francés, conocido por sus relatos de su Provenza natal. Nació en Nîmes en 1840  y murió en 1897. Se trasladó a París, donde publicó un volumen de poesía titulado Les Amoureuses (1858). Alrededor de 1861 comenzó a colaborar con el diario Le Figaro. Daudet es conocido ante todo por sus evocaciones naturalistas y humorísticas de la vida provenzal, recogidas en “Cartas desde mi molino” .
Las “Cartas desde mi molino” aparecieron por primera vez en Le Fígaro  en 1866 y en ellas  Daudet finge  haberse ido a vivir a un viejo molino situado en la Provenza, en el valle del Ródano, transformándose en pastor.
El relato al que hago referencia, perteneciente a “Cartas desde mi molino”,  se llama “Las estrellas”.

Daudet sello

“Las estrellas”

(Relato de un pastor provenzal)
Resumido

En el tiempo en que yo guardaba ganado allá sobre el Luberon, permanecía durante semanas enteras sin ver alma viviente, solo en el pastizal con mi perro Labri y mis ovejas. De tarde en tarde, el ermitaño del Mont de l’Ure pasaba por allí herborizando y buscando simples, o divisaba la cara negra de algún carbonero del Piamonte; pero se trataba de gente ingenuas, silenciosas a fuerza de soledad, habiendo perdido la afición a hablar, y que ignoraban cuanto se decía abajo, en las aldeas y caseríos. Por eso tenía una alegría verdadera al oír cada 15 días aproximarse por el empinado sendero  los cascabeles del mulo de nuestra granja que me traía las provisiones de la quincena, y al ver, poco a poco, surgir por encima de la cuesta el avispado semblante del pequeño miarro (mozo de cortijo) o la cofia bermeja de la anciana tía Norada. Entonces me hacía contar las noticias de la gente del valle, los bautizos , las bodas; más lo realmente interesante para mí era saber de la hija de mis amos, nuestra señorita Estefanía, la más bonita en diez leguas a la redonda. Sin aparentar poner mucho interés en ello, yo me informaba si iba mucho a las fiestas y foliadas, si tenía siempre nuevos galanteadores. Sepan que yo tenía 20 años y aquella Stéphanette era lo más hermoso que yo había visto en mi vida.

Pues bien: un domingo, que estaba yo aguardando por los víveres de la quincena, sucedió que no llegaron sino muy tarde. Luego, hacia mediodía sobrevino una fuerte tormenta, y pensé que la mula no habría podido ponerse en marcha debido al mal estado de los caminos. Por fin, a eso de las tres, pude percibir las esquilas de la mula. Mas quien conducía la mula no era el pequeño miarro, ni la vieja Norada. Era….., era nuestra señorita.

El pequeño estaba enfermo, y la Tía Norada, de asueto en casa de los suyos. La linda Estefanía me lo comunicó, apeándose de su mula, y también que llegaba tarde por haberse extraviado en el camino. ¡Qué preciosidad de criatura !. Mis ojos no se hartaban de contemplarla.

Cuando hubo sacado del cesto las provisiones, Stéphanette miró en torno con curiosidad. Todo eso le divertía.

Luego que hubo desaparecido con los canastos vacios por la pendiente del sendero, seguí oyéndola durante mucho tiempo. Pero al anochecer, oí que me llamaban desde la pendiente, y vi aparecer a nuestra señorita, ya no reidora como poco antes, sino temblando de frío, de miedo y del remojón. Parece ser que se había encontrado el riachuelo crecido con el aguacero de la tormenta, y al intentar vadearlo, había estado a punto de ahogarse. Lo terrible era que a aquella hora de la noche ya no podía pensar en regresar sola a la granja y yo no podía abandonar a mi rebaño.

La perspectiva de pernoctar en el monte le era muy penosa. Y me apresuré a encender una hoguera para secarle los pies y el vestido. Luego le serví leche y requesón. Entretanto, la noche había cerrado por completo. Quise que nuestra amita se retirase a descansar en el cobertizo del redil. Le dí las buenas noches, y fuí a sentarme fuera, ante la puerta.

Jamás me había parecido tan profundo el firmamento ni tan brillante las estrellas…..De repente, la portilla del redil se abrió y salió la linda Stéphanette. No podía dormir, prefería venir junto a la hoguera, y quedamos sentados mano a mano, sin hablar.

Si en alguna ocasión habéis pasado una noche al raso, ya sabréis que en las horas en que dormimos, un universo misterioso se despierta en la soledad y el silencio. El día es la vida de los seres, pero de noche es la vida de las cosas. Cuando no está uno acostumbrado a ello, da miedo. Por eso nuestra señorita estremecíase toda al menor ruido.

En tal momento una hermosa estrella errante se deslizó por sobre nuestras cabezas, siguiendo la misma dirección.
– ¿Eso qué es?- me preguntó Stéphanette muy bajito…..
– Es un alma que entra en el Paraiso, mi ama- e hice la señal de la cruz.
También ella se santiguó con gran recogimiento. Luego inquirió:
-¿De modo que es cierto que sois brujos vosotros los pastores?
– Nada de eso , señorita. Pero como acá vivimos más cerca de las estrellas, sabemos lo que en ellas sucede mejor que la gente del llano.
Y ella seguía mirando arriba; envuelta en su piel de cordero, parecía un zagalillo celestial.
– ¡Cuántas, cuántas hay!….¡Qué hermosura! Nunca había yo visto tantas….¿Las conoces por sus nombres, zagal?
– ¿Cómo no, mi ama?…..¡Mire! Justo por encima de nosotros, ahí tiene el Camino de Santiago (la Vía Láctea), que desde Francia va derechito a España; fué Santiago de Compostela quien lo trazó para orientar a nuestro bravo Carlomagno, que andaba guerreando contra los sarracenos. Más lejos está el Carro de las Ánimas (La Osa Mayor), con sus cuatro ejes resplandecientes; las tres estrellas que van delante son las Tres Acémilas, y aquella chiquitina, acurrucadita junto a la tercera, es el Carrero, que va guiando. ¿Ve usted por todo alrededor esa lluvia de luceros que caen? Son las ánimas que el Señor no admite a su lado……Un poco más abajo, el Rastrillo o los Tres Reyes (Orión). Es el que a nosotros nos sirve de reloj: sólo con mirarlo sé que ha pasado ya la medianoche. Todavía más abajo, y siempre hacia el mediodía, brilla Juan de Milán, la antorcha de los astros (Sirio). Y vea usted lo que cuentan los pastores acerca de esa estrella: Parece ser que una noche Juan de Milán, los Tres Reyes y la Pollera (la constelación de las Cabrillas) fueron invitados a la boda de una estrella amiga. La Pollera, más impaciente, salió corriendo la primera-según dicen- y tomó por el camino alto: ¿ve usted allá arriba, completamente en el fondo del cielo? Los Tres Reyes cortaron por más abajo y la alcanzaron; mas Juan de Milán , el muy perezoso, se había quedado durmiendo y, furioso, intentó detenerlos arrojándoles su cayado; por eso los Tres Reyes se llaman también  el Bastón de Juan de Milán. Pero la más linda de todas las estrellas, señorita, es la nuestra: la Estrella del Pastor , que nos alumbra de madrugada cuando sacamos el ganado a pastar, y también a la tardecita, cuando lo encerramos. La llamamos también Maguelón, la guapa Maguelón, que va persiguiendo a Pedro el de Provenza (Saturno) y cada siete años se casa con él.
-¡Cómo! ¿ También hay casamiento de estrellas, zagal?
– Pues claro, mi ama.

Y mientras intentaba yo explicarle que cosas eran esos casamientos, sentí gravitar  ligeramente sobre mi hombro algo muy fresco y fino. Era su cabeza, cargada de sueño, que se apoyaba en mí. Yo la miraba dormir, algo turbado en el fondo. En derredor nuestro, los astros continuaban su avance silencioso, tan dóciles como un rebaño; y a ratos se me figuraba que una de las estrellas- la más delicada y espléndida- por haber equivocado el camino, había venido a posarse sobre mi hombro para dormir.

Cartas desde mi molino. Alphonse Daudet
Sexta edición. Colección Austral nº 738.
Editorial Espasa-Calpe

Este es el molino al cual  Daudet hace referencia en “Cartas desde mi molino”. Está situado en la localidad de Fontvieille, cerca de Arles, en el departamento de Bouche de Rhône al sur de  Francia. Foto de junio de 1999

Daudet molino

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